viernes, 24 de julio de 2026

De cómo conquisté a una gata tímida


 

Aquella fue una de esas tardes del magma cotidiano en las que un detalle aparentemente insignificante se transfigura en magia. Mientras el grupo de gatos se regocijaba saboreando su ración diaria, ella, la asustadiza y esquiva Mitjons (“Calcetines”), que siempre se situaba lejos en la línea de los platitos, lanzó al viento su naricita y clavó en mí sus ojos amarillos con mirada de interés. Yo acababa de abrir despreocupadamente un pequeño sobre de una golosina comercial para gatos.

Bastó retirar el precinto para que aquel fino olfato pusiera en marcha todo el mecanismo de los músculos de aquel animal que, quizás debido a un inexplicable milagro, había perdido por completo sus temores ancestrales al ser humano que tenía ante sí. Se dirigió directa, con decisión; los ademanes de una reina, la gracia de la felinidad en estado puro: una cola erguida y cuatro patitas con calcetines, directas como una flecha hacia la mano que sostenía la ambrosía. No me moví.

Le permití servirse, esclavo de su capricho. Tanto significaba para mí comprobar que por fin había sido capaz de dar con la llave que abría la confianza de quien parecía estimarme y temerme a partes iguales. Degustó el sobre, y no salió corriendo, como yo hubiera esperado. Cuando acabó, noté el tacto de su frente restregándose contra mi mano; el lomo arqueado, y toda ella ronroneante, rendida. Después, alzó su mirada para encontrar la mía, y entrecerró suavemente sus ojos: en décimas de segundo fui merecedor de ese “beso de gato”.

Y yo, que la había estimado desde siempre: desde que vino famélica, fràgil; aquel saco de huesos con pupilas de miel. Quién iba a decirme que detrás de esa primera golosina vendrían semanas de friccionar su menuda cabecita contra mis tobillos, de contestar con largos discursos de maullidos a cada frase mía, de venir hacia mis manos, hacia mis zapatillas, con la devoción y la gratitud que demostraría un naufrago hacia su rescatador. Después de tantos meses temiendo mi presencia, ahora, la complicidad para siempre a cambio de un caramelo de gato.

La vida de los gatos de colonia es una línea de puntos casi siempre próximos a la magia o al desastre. Y un día, el azar toca la cuerda del otro lado. Otra tarde cualquiera, en otro segundo, pasa un camión que siega una vida. Mitjons nos deja un recuerdo imborrable. Lo demás, quedó dicho en aquella tarde que decidió cerrar los ojos delante de mí.