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sábado, 28 de julio de 2012

If (Rudyard Kipling)

Retrato de Rudyard Kipling, por Burne-Jones

SI
Puedes conservar tu cabeza, cuando a tu rededor
todos la pierden y te cubren de reproches;
Si puedes tener fe en ti mismo, cuando duden de ti
los demás hombres y ser igualmente indulgente para su duda;
Si puedes esperar, y no sentirte cansado con la espera;
Si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,
Y si eres odiado, no devolver el odio; sin que te creas,
por eso, ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo;

SI
Puedes soñar sin que los sueños, imperiosamente te dominen;
Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único;
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y tratar
de la misma manera a esos dos impostores;
Si puedes aguantar que a la verdad por ti expuesta
la veas retorcida por los pícaros,
para convertirla en lazo de los tontos,
O contemplar que las cosas a que diste tu vida se han deshecho,
y agacharte y construirlas de nuevo,
aunque sea con gastados instrumentos!

SI
Eres capaz de juntar, en un solo haz, todos tus triunfos
y arriesgarlos, a cara o cruz, en una sola vuelta
Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste
Y nunca mas exhalar una palabra sobre la perdida sufrida!
Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,
a que te obedezcan aun después de haber desfallecido
Y que así se mantengan, hasta que en ti no haya otra cosa
que la voluntad gritando: ?persistid, es la orden!!?

SI
Puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,
o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;
Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos,
pueden causarte daño;
Si todos los hombres pueden contar contigo,
pero ninguno demasiado;
Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,
con el valor de los sesenta segundos de la distancia final;

Tuya será la tierra y cuanto ella contenga
Y -lo que vale más- serás un hombre! hijo mío!



Rudyard Kipling en su estudio

jueves, 3 de mayo de 2012

Ten por mucho lo poco

                                                 Versión del Dáo De Jing hallada en Mawangdui


Ten por grande lo pequeño
y por mucho lo poco.
Responde con la virtud a los que mal te quieren.
Intenta lo difícil en lo fácil.
Realiza lo grande en lo menudo.
Las cosas difíciles del Mundo
comienzan por lo fácil,
y las cosas grandes del Mundo
por lo menudo empiezan.
Por eso el Sabio nunca realiza cosas grandes
y así es como puede llevar a cabo
grandes cosas.

(Libro del Dáo Dé Jing. Poema XXVI)

Paso de la laguna Estigia. Patinir (1480-1524)

domingo, 22 de abril de 2012

¿Quiere usted ser dichoso?


Ojeando El Mundo Gráfico, un magazine de principios de siglo XX, me llaman poderosamente la atención algunos anuncios dirigidos a lectores que quieren alcanzar la felicidad. Y comienzo el peligroso ejercicio de pensar y repensar: ¿acaso hay alguien que no la desee?

Claro que, la felicidad quizá es una cuestión de matices: ¿Qué es para usted la felicidad? ¿y para su vecino? ¿y para mí?

A lo largo de todos los tiempos el ser humano se ha interrogado sobre el asunto, siendo que muchos días de nuestras vidas transcurren sin haber alcanzado -quizá sólo fugazmente- algo parecido a la felicidad. En estos anuncios de 1912 la felicidad aparece relacionada con términos que hoy pueden parecernos más o menos curiosos, o más o menos actuales: éxito en la vida, salud, fortuna, suerte, o incluso ganar en los juegos... La ausencia de felicidad, se asocia con palabras como: miseria, preocupaciones, timidez, falta de amor...

Tolstoi

Lev Tolstoi, en su libro Confesión (una autobiografía emocional), hace un intenso repaso de su existencia, mientras se interroga sobre la cuestión de la felicidad. Permitiendo al lector que le acompañe en un viaje interior hacia sí mismo, relata cómo naufraga, se hunde, emerge y se tambalea infinidad de veces a lo largo de su vida, sin conseguir alcanzar un estado duradero de armonía interior y bienestar con lo que le rodea. Finalmente, explica, volviendo en su vejez la vista hacia los campesinos más humildes de su aldea, y observa cómo justamente los más sencillos son quienes mejor han soportado la dureza de la vida, los sufrimientos más profundos y las circunstancias más adversas, con el temple y la elegancia de quienes tácitamente han entendido que no hay nada que entender.Es decir, algo parecido a lo que Tolstoi concibe como felicidad.

Así, pues, el viejo, sabio y experimentado genio literario de Tolstoi viene a decirnos que felicidad es un estado del alma, no una búsqueda del placer que otorga el éxito (¿social? ¿económico? cada cual concebirá qué es para sí el éxito), que siempre depende de las circunstancias cambiantes; el tiempo, el objeto, los lugares. Posiblemente los campesinos de Tolstoi no han perseguido nada más allá de lo que hay a su alrededor ("Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo", diría también el autor). Sin saberlo, aquellas gentes que viven una existencia tranquila, en contacto con la naturaleza, y con sus días alegres y sus sombras tristes, han alcanzado un clima íntimo de libertad interior y de confianza, que les libra de sentirse desgraciados; y su secreto para la felicidad es que no hacen siempre lo que quieren, sino que quieren siempre lo que hacen.

Para Tolstoi, el hallazgo de la felicidad tiene algo que ver con la fe religiosa. Para los pensantes que no creen en las religiones sino más bien en la simple necesidad humana de conectar con lo transcendente sin estar adscritos a ningún credo, sólo hace falta cambiar la terminología, pero probablemente estamos hablando de las mismas cosas.


Ha transcurrido exactamente un siglo desde que se publicaron estos anuncios en El Mundo Gráfico. Y el ser humano sigue enredado en sus pasiones y atormentado por la codicia, la arrogancia, el deseo, la envidia... posiblemente buscando frenéticamente fuera de sí aquellas cosas que cree que pueden aportarle felicidad: el confort, el conocimiento, el nivel económico, el reconocimiento social, el poder... Asuntos ciertamente placenteros, aunque todo placer se consume a sí mismo en cuanto que es experimentado; y por eso conduce al ansia de querer más.

Dentro de cada uno de nosotros existe un estado mental que conduce al bienestar. Tiene que ver con la serenidad, con el sentimiento de armonía y conexión con todas las cosas que tengo a mi alrededor y que me suceden a mí, sean cuales sean. Lamentablemente no se nos instruye desde niños para adquirir las llaves que pueden abrirlo. Una de las más poderosas es el ejercicio de la meditación.
Foto:M.Paz de Lema

El objetivo de la meditación no consiste en alcanzar ningún estado místico ni de iluminación. Simplemente consiste en estar aquí y ahora; atendiendo a nuestro cuerpo y a nuestros pensamientos, a nuestros sentimientos y al movimiento de nuestro entorno. Sólo es una herramienta para realizar un viaje interior (como el que realizó Tolstoi escribiendo)en el que ningún ruido externo nos amenace con distraernos de la escucha de nuestros sentimientos, emociones y necesidades físicas.

No hay nada más sencillo ni más complicado que meditar. Que es tanto como decir, conocerse a sí mismo. Un ejercicio imprescindible para alcanzar ese estado al que podemos dar nombre de "felicidad" y que requiere pararse a ejercitar la constancia, la valentía y la sinceridad. Aunque, claro, todo eso es quizá un poco más complicado que correr en busca de la suerte, el éxito, la fortuna, la suerte, y todas las recomendaciones que ya nos ofrecía la publicidad de hace 100 años; en el fondo, tan parecidas a las que nos ofrece la de hoy.

Publicidad impresa en la revista El Mundo Gráfico (1912)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Sobre la verdadera experiencia de la vida



"Esta es, pues, la verdadera experiencia de un hombre: el llegar a conocerse a sí mismo. Conocer el mundo es interesante, útil, seductor; pero el conocimiento de uno es el viaje más grande, el descubrimiento más impresionante, el hallazgo más instructivo. Visitar Roma o el Polo Norte no es tan interesante como aprender alguna cosa sobre nuestro carácter; es decir, sobre la auténtica naturaleza de nuestras predisposiciones, sobre nuestra relación con el mundo, con el Bien y el Mal, con los hombres, con las pasiones. En el momento en el que mi espíritu se hizo suficientemente maduro para este descubrimiento, ya no me hizo falta buscar ninguna otra experiencia de la vida".
(Sándor Márai)


lunes, 2 de mayo de 2011

Dos películas para no perderse (ni perdérselas)


Fotograma de la película "En un mundo mejor", de Susanne Bier.


Sendos vehículos cargados de hombres armados hasta los dientes se acercan a dos dispensarios médicos. El uno, en un campo de refugiados de un lugar indeterminado de África. El otro, en Tibhirine (Argelia). En ambas escenas, de los jeeps emergen los líderes del terror, exigiendo en un caso una cura de urgencia para su jefe y, en el otro, un saqueo de medicinas. En ambos lugares, el médico encargado, mira a los ojos al terrorista, y no se arredra. Simplemente, pronuncia una una frase parecida a “En esta casa que yo habito no entran armas”. A partir de aquí, cualquier posibilidad de negociación queda cerrada si los respectivos jefes terroristas no ordenan ipso facto la retirada de sus hombres armados.

Estas dos escenas pertenecen a dos películas ambientadas en contextos muy diferentes, pero con un momento común de máxima tensión, en el que los protagonistas, ante una situación similar de amenaza y terror, sacan la cara valiente y honrosa de la condición humana y se redimen con una respuesta universal de pacifismo.

“En un mundo mejor”, de la directora danesa Susanne Bier, cuenta la historia de Anton, un médico que divide su tiempo entre largas estancias de trabajo en un campamento africano y una pequeña ciudad idílica en Dinamarca, donde reside su familia. De hecho, su hijo mayor, de diez años, está siendo víctima de acosos y burlas por parte de sus compañeros de colegio. Las injusticias de las que es testigo el protagonista en el campo de refugiados de África, perpetradas por un tirano que persigue cruelmente a jóvenes embarazadas para someterlas a carnicerías, se trasladan con no menos hondura al panorama colegial de su niño; otra criatura que también, -por ser vulnerable, como lo es una mujer gestante- es acorralado verbalmente con ensañamiento por parte de pequeños tiranos que se creen más fuertes que él.
Anton invierte paciencia y esfuerzos, con los escasos medios, en operar y curar a las mujeres torturadas. Hasta que un día es el mismísimo verdugo quien llega a su campamento, acompañado de muchos hombres armados, en busca de tratamiento médico para sí. Entonces se produce el momento en que Anton le ordena retirar las armas, y haciendo gala de coraje y humanidad sin límites, se arremanga para intervenir quirúrgicamente al terrorista, sin tener en cuenta otra cosa que su deber moral de salvar a todo paciente que se ponga en sus manos.

La otra película con parecidas resonancias, aunque el tema tiene poco que ver, es el filme francés “De dioses y hombres”, de Xavier Beauvois. En este caso, lo que de verdad impacta es que el guión esté basado en hechos reales. Durante los años noventa, en un monasterio cisterciense de las montañas del Magreb, una comunidad de monjes franceses se dedica a tareas hortícolas, y a otras propias de la vida contemplativa, a la vez que uno de ellos, médico, atiende a los aldeanos en un pequeño dispensario anexo al edificio. Un día, irrumpe en el monasterio un comando terrorista, armados con metralletas, exigiendo que se les entreguen las medicinas. El abad, como el Anton del otro filme, sostiene la mirada de este otro verdugo, y le ordena retirar las armas, y así lo hacen por esa vez, con otra escena memorable en la que el terrorista y el monje recitan juntos unos salmos religiosos. Pasado ese momento, las amenazas reiteradas harán que la comunidad se cuestione su permanencia en el lugar. Tienen miedo. Pero finalmente toman la decisión de quedarse, entre otras cosas, porque moralmente no pueden romper sus ataduras con los habitantes del pueblo que atienden. La historia, de trágico final –en la realidad así lo fue- es otra descarnada muestra de cómo la no violencia y la solidaridad extremas pueden anidar en el corazón humano, igual que anida el mal extremo.

Somos una especie animal digna de estudio. Todas lo son. Pero, en el homo sapiens, sorprende la capacidad para ejecutar las mejores y las peores cosas. Estas dos películas muestran situaciones extremas en las que los seres humanos actúan con sentimientos de grandes dimensiones: si grande es la atrocidad y la violencia, grande es también la capacidad de respuesta amorosa y pacífica.
La otra cosa que queda por cuestionar después del visionado es en qué porcentaje de situaciones globales en la historia de la humanidad triunfa la Luz y en cuántas la Oscuridad.



Fotograma del filme "De dioses y hombres", de Xavier Beauvois.

martes, 26 de abril de 2011

La fábula del puercoespín


Durante  la Edad de Hielo, muchos animales murieron a causa del frío.

Los puercoespines, dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esa manera, se  abrigarían y protegerían entre sí. Pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, justamente los que ofrecían más calor. Por lo tanto, decidieron alejarse unos de otros; y empezaron a morir congelados.

Así que tuvieron que hacer una elección: o aceptaban las espinas de sus compañeros, o  desaparecían de   la Tierra. Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con un ser muy cercano puede ocasionar, ya que lo más importante era el calor del otro.

De esa forma pudieron sobrevivir.


Moraleja :

La mejor relación no es aquella que une a individuos perfectos, sino aquella en que cada uno aprende a vivir con  los defectos de los demás ( e incluso , a admirar sus cualidades).

viernes, 15 de abril de 2011

Las pequeñas cosas


De entre los muchos placeres cotidianos que he aprendido a procurarme, uno de mis favoritos es contemplar a mi gata Mafalda. Siempre que la miro, me vienen a la mente unas cuantas reflexiones sobre la felicidad.

En opinión de algunos sabios, desear lo que no tenemos nos hace desgraciados. Tambiñen dicen que otra gran desgracia consiste en llegar a poseer justamente lo que habíamos estado deseando durante mucho tiempo. De modo que, por eliminación, podría concluirse que tal vez el secreto para ser feliz radica en poseer lo que no habíamos deseado nunca; o en desear lo que ya poseemos.

A esta reflexión sobre la vida, podría añadirse que la felicidad se parece bastante a un estado de serenidad ante las penas y alegrías que va trayendo, de forma connatural, la existencia. Y esa serenidad es, entre otras cosas, saber valorar y disfrutar las pequeñas cosas cotidianas y sencillas que tenemos al alcance de la mano.

Ahora que estamos en plena primavera -una estación jubilosa y radiante para unos; pero, para muchos, un periodo anual dedicado a la astenia, a la apatía y al cansancio-  debemos encarar la melancolía con grandes remedios: aseguro que la visión improvisada de esta belleza felina, emergiendo por detrás de las flores de mi ventana, y la ocasión de poder disparar una foto, me ha traído alegría para muchos días. La hermosura está escondida o, a veces, evidente, entre las cosas pequeñas que nos rodean. Sólo hay que abrir los ojos del alma.

Esta es una invitación a mirar alrededor. Seguro que encontramos muchas cosas que ver, escuchar, oler,   tocar, degustar. Para salir de la apatía, también es necesario a veces ponerse "deberes". Ah, por cierto, que sean deberes siempre gratos.

lunes, 11 de abril de 2011

Aplicarse el cuento

“El mayor obstáculo siempre es uno mismo”. El filósofo aseguró que un perro se lo había enseñado:
“Paseando por la orilla de un río vi a un perro que se moría de sed. El animal apenas se atrevía a acercarse al agua, pues, cada vez que lo hacía, confundía su propio reflejo con el de otro animal.
Tenía tanto miedo a ser atacado, que no paraba de ladrar y permanecía a metros de la orilla.

Sin embargo, tal era su sed, que finalmente se lanzó al agua. Y el otro perro, que era su obstáculo,
desapareció.  Y así fue como, al enfrentarse a su supuesto enemigo,aquel perro se venció a sí mismo.”